Tomás, el panadero
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Algunos recuerdos tienden al olvido. Otros, en cambio, se mantienen incrustados en nuestras mentes como si hubieran sucedido hace muy poco. Preguntarse por qué razón unos prevalecen y otros no es llegar a un callejón sin salida, pues la mente humana tiene caprichos que ni ella misma conoce; imagino, que todo depende de lo que nos acontece y del impacto que produce en nosotros. Como cuando cumplí diez años y mi madre me dejó ir a comprar por primera vez. Yo deseaba convertirme en un niño mayor, autosuficiente, capaz de avanzar por la vida por mí mismo pero, mi madre, por miedo a lo que me pudiera pasar, no me dejaba ir solo a ningún lugar. Aunque en aquel momento no comprendí la razón de su comportamiento, ahora veo que una mujer casada, con un marido trabajando lejos, en el extranjero, al que veía poco, y con un único hijo debía ser agotador. Cada vez que le pedía si podía salir, aunque sólo fuera para ir a comprar un caramelo en la tienda de al lado, veía el miedo reflejado en su rostro. Finalmente, logré hacer un pacto con ella: al cumplir los diez años mi madre me dejaría ir a comprar el pan solo, sin la ayuda de nadie.

La primavera llegó, y con ella mi cumpleaños. Recuerdo que soplaba una agradable brisa mientras los rayos del sol iban inundando las calles de la ciudad; no había dormido en toda la noche. No podía dejar de pensar en los regalos que me harían al día siguiente, en la tarta de cumpleaños, pero, sobre todo, pensaba continuamente en la promesa que me había hecho mi mamá: salir de mi casa sin la compañía de nadie, e ir a comprar una sencilla barra de pan. Cuando mi madre se despertó yo ya me había vestido y esperaba ansioso en el comedor la hora de mi liberación. Debo decir que nunca fui prisionero de nada, pero con los nervios que sentía en mi interior bien podía parecerlo. Al verme tan dispuesto a partir, mi madre se puso a llorar; lo recordaré toda mi vida. Le dije que una promesa era una promesa y que debía tranquilizarse, pues no tardaría en volver y a estar allí con ella. Se dirigió temblando a su habitación, y al volver me entregó varias monedas para que pudiera realizar mi cometido. Entonces, fui yo quien estuvo a punto de llorar de alegría. «Ve a la panadería antes de que me arrepienta —me dijo—, y pídele al señor Tomás que te dé una barra de pan. La pagas, le das las gracias y regresas lo antes posible, ¿lo has entendido? Estaré esperándote en la calle, frente a la puerta por si me necesitas». Me despedí de ella como si fuera un soldado que parte hacia la guerra, dejando a sus espaldas a su prometida. Luego, me dirigí hacia la panadería sin echar la vista atrás, como si llevara años haciéndolo. Al llegar tuve la sensación de que el señor Tomás ya me estaba esperando. Vestía con una bata blanca manchada de harina y llevaba un gorro del mismo color incrustado en su cabeza. Sus ojos eran pequeños, tenía las cejas pobladas y su frente era tan amplia que me pareció estar ante el mismísimo Frankenstein pero, para que no se sintiera ofendido, decidí disimular mis pensamientos…

—¡Buenos días, señor Tomás! —grité con ilusión—. Mi madre me ha encargado que le compre una barra de pan, ¿sería tan amable de venderme una?

—¡Claro! —me contestó—. ¿Qué tipo de pan quieres?

La pregunta me dejó helado.

—¡Una barra de pan! —Insistí.

—Ya te he oído, chaval —dijo con sin dejar de apartar su vista de mi diminuto rostro—, pero necesito saber qué tipo de pan quieres: tengo pan de viena (que es más dulce y tierno), hay chapatas, flautas, todavía me queda una baguette francesa, pan italiano…

La cabeza comenzaba a darme vueltas. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—Señor —dije perturbado—, ¡yo sólo quiero una barra de pan!

—Pues barras de pan, hijo, hay muchas —contestó el panadero—. Además, las hay hechas con harina normal, integral, de avena, con aceitunas o de múltiples y variados cereales…

Sin poder evitarlo, comencé a notar cómo me flaqueaban las piernas. ¿Cómo podía algo tan sencillo ser al mismo tiempo tan complicado? Por Dios, ¡sólo quería comprar una barra de pan! Tomás se quitó el gorro y se lo volvió a colocar para poder darme algo más de tiempo antes de reaacionar, pero no se me ocurría nada. Un hombre entró en la tienda y se puso detrás de mí a la espera de que llegara su turno.

—Hijo —dijo Tomás—, hay gente esperando…

Se me ocurrió que mi madre me habría dado la cantidad de dinero exacta para poder comprar el pan, así que saqué todas las monedas de mi bolsillo y se las entregué al panadero para que me diera lo que él mismo creyera oportuno.

—Con esto sólo puedo darte dos pistolas.

Me quedé de piedra. ¿Dos pistolas? ¿Pistolas de verdad? No salía de mi asombro… Todavía no sé por qué razón me conformé con ello pero, cuando me di cuenta, Tomás ya estaba poniendo dos barras de pan en una bolsa de papel y me las entregaba con una sonrisa más que sospechosa. ¿No acababa de decirme que iba a darme dos pistolas? ¿Dónde estaban? Cuando salí de la panadería divisé a mi madre a lo lejos y, una vez en casa, se extrañó de que en lugar de una barra de pan llevase dos. Entonces le conté todo lo sucedido con el mayor detalle posible, y no pude evitar que se enfadara.

—¡Pero bueno! —gritó—. ¿Quién se ha creído que es ese hombre? ¿Acaso no voy todos los días contigo a comprarle la misma barra de pan? ¿No podía dártela a ti de la misma forma?

Era consciente de que un simple fallo podría suponer que mi madre no me dejara salir solo nunca más. Por eso, mientras me abrazaba e iba lanzando insultos al mismo tiempo, yo hacía como si nada porque, para mí, había mucho en juego.

—Es tonto —dije.

—¿Tonto? ¡Este hombre es un maleducado! —dijo ella.

—Dice que me ha dado dos pistolas cuando sólo me ha dado pan.

Mi madre tardó en reaccionar, pero lo hizo tras comprobar una vez más lo que Tomás me había dado y comprender el malentendido..

—No hijo, verás, en Madrid llamamos a este tipo de pan pistolas. Antiguamente, la gente iba a la panadería y pedía al panadero que les vendiera una pistola. Entonces, el panadero te preguntaba: «¿Para matar a quién?», y tú debías responder: «Para matar el hambre». Por desgracia con los años se ha ido perdiendo esa vieja costumbre, pero todavía queda gente que la sigue usando, ¡como es el caso de ese maleducado panadero!

Mi madre se enfadó con Tomás. Al día siguiente fue ella misma a comprar el pan y los dos se enzarzaron en una fuerte discusión que no terminó nada bien. A consecuencia de ello, mi madre decidió que no iría nunca más a comprarle pan, algo que iba a suponer un auténtico problema porque no había ninguna panadería más cerca de donde vivíamos.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le pregunté— ¿No comeremos más pan?

—¡Claro que sí! —respondió—. A partir de ahora, ¡el pan lo haremos nosotros en casa!

Su respuesta me dejó desconcertado. A partir de entonces, todos los días íbamos temprano a buscar la harina, la levadura… y aprendimos a hacer pan en el horno de nuestra casa; y cuando cumplí once años yo ya era todo un experto. Un día, apareció uno de los vecinos con un saco lleno de pepitas de calabaza, tenía muchas, y las estaba repartiendo por todo el vecindario. Al verlas, se me ocurrió que podía mezclarlas en pequeñas cantidades en la masa del pan para elaborar mi primer pan de pepitas de calabaza. El resultado fue tan bueno que mi madre le regaló una barra de pan al vecindario y, pronto, el rumor de que un niño de once años hacía un pan tan exquisito comenzó a circular por todo el pueblo. Era cuestión de tiempo que la gente comenzara a pedirme encargos y yo no diera abasto. Al cumplir dieciocho años, mi madre me compró un horno mucho más grande y, debido a las colas que se formaban delante de nuestra casa y el riesgo que corríamos de que alguien nos denunciara, decidimos alquilar un local unas calles más abajo y abrir nuestra propia panadería. El viejo Tomás estaba enfurecido, ¿cómo podía ese joven abrir una panadería si de crío no sabía ni lo que era una pistola? Pero, por mucho que se quejara, las cosas no iban a cambiar. Por primera vez tenía competencia, y era evidente que nuestro pan era mucho mejor que el suyo.

Tomás se vio obligado a cerrar el negocio unos meses después. Se jubiló, y ahora era él quien todos los días venía a comprarnos el pan a nosotros, hasta el día que decidió abandonarnos. En su funeral tuve la ocasión de poder escuchar la opinión de sus familiares y de diversa gente del pueblo, quienes criticaron su mal carácter. Tenía ganas de contarles la verdad, de decirles que sin su mal genio mi madre nunca se hubiera enfadado con él ni nunca hubiera decidido aprender a hacer pan en casa; y yo, nunca hubiera llegado a ser un buen panadero. Quería decirles que estaban equivocados, que Tomás sólo quería que la gente tuviera el mejor pan del mundo y que luchaba con todas sus fuerzas para no perder la vieja escuela, la antigua tradición; y que parte de su enfado provenía de la actual modernidad donde todo debía hacerse con prisas… Yo mismo había llegado a esa conclusión al conocerle mejor, pero mis labios estaban sellados por una promesa.

Es la una de la madrugada, tengo cuarenta años y llevo toda la vida haciendo pan. Pero debo confesaros que, algunas veces, no puedo evitar subir al despacho y abrir el cajón del viejo armario donde todavía guardo el libro que Tomás me entregó al jubilarse. Allí está el secreto de su pan, escrito de su puño y letra. Un secreto que me regaló a cambio de no contar a nadie que era suyo y del que me apropié sin rechistar. Todavía hoy, cuando el aroma de aquel pan de antaño inunda la tienda al salir del horno, mi mente viaja en el tiempo y regreso al día en que Tomás me vendió aquel par de pistolas. Tomás ya no está ahora con nosotros, pero siguen estando sus pistolas, y con ellas, un precioso recuerdo de cómo comenzó toda esta historia.




©Xavier Turell Nebot

Derechos reservados por el autor.



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