La batalla perdida
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Aquella batalla estaba perdida. El bando contrario era débil e insignificante, pero también demasiado numeroso (algo que debimos tener en cuenta desde un principio). A la que le dabas la espalda cinco minutos ya se había colado en el interior de tu guarida y la había incendiado por mero capricho. ¡Malditos bastardos! ¡Habrase visto! Tan poca cosa parecían a simple vista que ni por asombro creímos que pudieran ser tan mortíferos y despiadados. En cambio, nosotros estábamos mucho más preparados que ellos para la guerra (aunque la íbamos perdiendo a grandes pasos). De hecho, los mejores eruditos, que vivieron en sus carnes guerras muy parecidas, ya nos advirtieron de que todo esto volvería a suceder (de hecho, se habían hecho tan pesados que ya nadie les hacía caso…). Y como disponíamos de los mejores científicos e ingenieros, de los mejores físicos, químicos, médicos, tenientes y coroneles del ejército, los pusimos a trabajar para poder vencer al adversario en un hipotético ataque (fue la mejor excusa que encontraron para gastar el dinero del pueblo). Y, durante años, llenamos edificios enteros con estudios científicos y documentos que trabajaban sobre teorías tan absurdas como extrañas. Todos hicieron un excelente trabajo: los físicos por un lado, los ingenieros por el otro, todos iban y venían esperanzados en que jamás un enemigo tan burdo y patán llegaría a vencernos. ¡Incluso nuestro rey les condecoró a todos con un diploma satinado y una medalla de latón! Pero, cuando éste llego (me refiero al enemigo), llegó del mismo modo que uno llega a un pueblo por error tras tomar la carretera equivocada y llevar dos días y medio conduciendo a cuarenta grados, sin aire acondicionado, sin apenas comer, con la mujer enfadada y los niños cantando cinco mil veces la misma canción. Y mira que lo vimos venir pero, aún así, nos pilló a todos por sorpresa.

El primero en morir fue el soldado Fernández, un hombre que cojeaba, que no tenía familia ni amigos, y a quien nadie le dio la más mínima importancia… Luego murieron algunos más, quizás más de la cuenta, y más tarde la señorita “Warner”, la prostituta más famosa de la ciudad. Y allí fue cuando todos nos dimos cuenta de que algo raro estaba pasando. El alcalde fue el primero en preguntar por ella. Luego el capitán de la Policía Nacional, el teniente jefe de la Guardia Civil (que había flirteado en secreto alguna vez con la esposa del alcalde), y más tarde Juana, que trabajaba de contable exclusivamente para la señorita “Warner”. Ah, y el anciano Pedro “el bestia” (así le llamaban algunos), un viejo cascarrabias que tenía una tienda de petardos, y que fue quien la encontró hecha añicos en el portal de su casa (en realidad sólo encontró la cabeza y un par de brazos…), y mucha gente más. Así que, yo creo que en ese instante tan crucial de nuestra historia, fue cuando nos percatamos de que estábamos en guerra.

Mi intención no es relatar los hechos acontecidos aquel año describiéndolos con todo detalle, nuestra tragedia fue espeluznante, y estoy convencido de que con lo relatado hasta ahora ya tenéis los pelos de punta, pero es importante dejar constancia de dichos hechos para las próximas generaciones. Porque, como decía alguien muy conocido e importante de nuestro país: “deberíamos aprender de los errores de nuestros antepasados”. Qué grande… No sé quién era ni tampoco me importa mucho, pero ¡qué elocuente al usar el tiempo verbal exacto!

A mitades del mes de marzo, y ante un ataque tan despiadado por parte de nuestro enemigo, no tuvimos más remedio que encerrarnos en nuestras casas, en nuestros búnkeres, y en el interior de nuestras trincheras. Y suerte tuvimos de ellas porque son (ya que es lo único que ha quedado en pie), tan fuertes y resistentes, que allí el enemigo ya podía lanzar lo que quisiera que nunca nos habría vencido de no ser porque somos humanos y porque, al igual que a los gatos, nos puede la curiosidad. De hecho, el noventa y nueve por ciento de los científicos que estudiaron al virulento adversario (desesperado al ver que allí encerrados no nos vencía ni a tiros), dijeron que si nos quedábamos quietecitos, nuestro enemigo se moriría de hambre y de aburrimiento por sí solo. Pero nadie les escuchó porque había un 1% de probabilidades de que se equivocaran y, la ciencia, si ciencia es de verdad, debe ser exacta hasta en los pequeños detalles.

El caso es que tras un mes de letargo, los de las trincheras querían saber si el enemigo seguía por allí o si se había retirado. Los que estaban en los búnkeres querían saber si la raza humana se había exterminado, si ellos eran los únicos supervivientes o si los muertos habían resucitado y el planeta estaba lleno de zombis vivientes. Así mismo, los habitantes encerrados en sus casas querían visitar a sus familiares lejanos, hacer una barbacoa juntos, salir de fiesta, celebrar el treinta y cinco aniversario de la muerte de Chanquete, poder ir a sus segundas residencias… Las parejas enamoradas y separadas por la guerra querían reencontrarse de nuevo (el sexo era todavía en según qué regiones un factor importante); y las parejas que vivían juntas querían separarse, distanciarse, u ocultar el cadáver de alguien… Fuera como fuera, ¡la gente quería seguir con sus vidas! Y así, poco a poco, empezamos a salir de nuestros hogares que tanto nos protegían para meternos de pleno y una vez más en las garras de nuestro enemigo, de la misma forma que uno echa leña a un fuego lánguido y decaído. A esa fase la llamamos: “Nueva Normalidad”.

En poco tiempo, volvimos a encerrarnos un total de 225 veces y volvimos a salir a la calle un total de 225 veces más, rezando para que esta vez sí, el enemigo hubiera desaparecido como por arte de magia. Y es que si algo se aprende en las guerras: es que la magia no existe. Y al final uno se acostumbra, y unas cuantas muertes no son nada comparadas con el placer de poder abrazar a tu suegra bien fuerte, con el calor y el cariño que se merece (quien dice la suegra dice cualquier otra cosa). ¿Qué más hermoso hay que dar un paseo por la calle? Es cierto que habíamos de ignorar cuando el enemigo salía al paso y descuartizaba a tu vecino a cinco metros de tí porque él había tenido la misma idea que tú, aunque con mucha menos fortuna… Pero, ¡qué bonito era pasear! ¿Qué hay más hermoso que ir a tomar el sol, que darse un capricho, o que salir a comprar al supermercado? Aunque en una guerra siempre muere mucha más gente de lo habitual, la verdad es que todos los días (haya guerra o no) muere alguien, ¿no?

A lo lejos, nos llegaban voces de los científicos que decían que deberíamos protegernos. Había unos trajes horribles que debíamos llevar para que las balas del adversario no nos hirieran, pero picaban demasiado. Unas mascarillas para que los gases químicos no nos perjudicaran los pulmones, pero los humanos llevábamos demasiados años sin mirarnos directamente a los ojos, ¿cómo íbamos a reconocernos entonces? Querían que nos pusiéramos unos zapatos especiales que resbalaban un montón… Finalmente, inventaron unas pistolas que nos vendían a un precio irrisorio para poder defendernos y poder ir a trabajar o salir a la calle sin que tuviéramos miedo del enemigo y le pudiéramos pegar un tiro si nos amenazaba. Pues bien: ¡Qué feas que eran! Me gustaría saber quién demonio las diseñó… Las compramos, las pusimos en una repisa del comedor, y allí se quedaron.

El enemigo iba avanzando a grandes pasos, conquistando territorios sin cesar hasta el punto en que estaba por todas partes. Mirabas debajo de la mesa, y encontrabas un enemigo. Mirabas detrás de una puerta, y allí estaba: pegajoso, cansino… Y mientras tanto, los políticos y cabecillas del gobierno, nuestros queridos líderes, nos iban animando a que saliéramos a comprar a las tiendas del barrio. Consumir y mover el poco dinero que tenían algunos, era nuestra mejor arma contra todas aquellas muertes diarias (según ellos). Incluso en varias ciudades invadidas desde hacía semanas se organizaron elecciones municipales con la intención de alegrar a la gente, de motivarles un poco. Aunque yo creo que a quien más alegraban eran al propio enemigo, quien no teniendo suficiente en matarnos, ahora nos torturaba del mismo modo que quitan las plumas a una gallina, pero estando ésta todavía con vida. Luego abrieron los restaurantes y las terrazas de los pueblos y ciudades donde la gente se agolpaba como si nunca hubiesen ido a tomar algo al aire libre. ¡Qué locura! Quizás habían ido en más de una ocasión, pero seguro que nunca más volverían…

Los hospitales, en plena guerra, estaban a reventar. La gente pensaba que para los médicos todo aquello no era más que un guateque, un jolgorio de alegría que te hacía disfrutar de tu profesión te gustara o no. Salíamos todos a las ocho de la tarde a los balcones de nuestras casas para aplaudir su labor, aunque cada vez fuimos saliendo menos debido a que cada vez había menos médicos vivos. Y, al final, los médicos que aún quedaban se rebotaron y comenzaron a tratar a los pacientes heridos de guerra como cuando te tienen que arrancar a la fuerza un parche de esos que se pegan en la espalda y no hay manera de sacar… Al final, había tan pocos médicos que pillaron a cualquier voluntario que quisiera ir a un hospital a poner inyecciones (tuviera o no conocimientos de medicina), y la cosa se complicó todavía más. Yo mismo vi a un vecino mío administrarle una inyección de corticoides a un médico por error, o a un amigo mío que era albañil diagnosticarle una herida de bala en el brazo a un señor mientras éste intentaba andar con una sola pierna… Pero ojo, que nunca había visto poner tanta buena voluntad y tanta fe en una profesión como esa.

En fin, os cuento todo esto de la guerra para que entendáis que al final, lo que cuenta no es cuánta gente hay en el mundo, sino qué tipo de personas quedan en él. Que haya algo de limpieza de vez en cuando ya es normal (le llaman selección natural)… La inteligencia, la evolución humana es lo que reluce cuando uno lo pasa verdaderamente mal. Por ejemplo, algunos políticos buscaron soluciones para salvar vidas humanas. El presidente de Inglaterra, sin ir más lejos (que tampoco hace falta), aconsejó lanzar lejía al enemigo para vencerlo. El presidente de los Estados Unidos de América incitó a que la gente rociara sus casas con gasolina para comprobar si las balas del enemigo rebotaban… Vale que algunas ideas no fueron del todo acertadas (y que hubo algún que otro incendio), pero esa gente pensaba, gastaba la energía de sus propias neuronas para salvar la vida de los demás. Y todo científico sabe que aquel que piensa un poco hace mover a las neuronas y así, éstas evolucionan. ¡Para eso están los políticos! Si te pasas todo el día como un científico, sentado en una silla observando una pizarra llena de fórmulas raras, ¡está claro que no vas a evolucionar jamás! Así nos iban las cosas…

El tiempo pasó y las muertes fueron disminuyendo poco a poco, entre otras cosas porque cada vez quedábamos menos personas. Murieron mis familiares, mis amigos, mis vecinos, y cerraron definitivamente las terrazas de los bares. Que yo sepa, en el mundo sólo quedamos cinco. Bueno cuatro, porque José, un hombre de edad avanzada, intentó usar aquella pistola que los científicos nos habían diseñado para vencer al enemigo pero, hacía tanto tiempo, que no supo utilizarla correctamente y le disparó a su compañero en la cara. Un tiro limpio y eficaz.

Finalmente, los científicos tuvieron razón en sus predicciones. Parece ser que el enemigo no llevaba provisiones y, como llevaba tanto tiempo atacándonos y sin comer, empezaron todos a flaquear y a morirse de hambre. No quedó ni uno, y la raza humana: Juan, José, Luís, y un servidor que se llama Miguel (el más listo de todos ellos porque soy el único que sabe escribir), fuimos los únicos que quedamos. Fue duro ver que el resto de la humanidad se había ido al garete, pero en la naturaleza sólo sobreviven los más fuertes, los más guapos y los más listos. Así que ahora, en medio de esta situación tan complicada, estoy seguro que uniremos nuestras fuerzas y que reconstruiremos el planeta: levantaremos nuevas casas, crearemos nuevos sitios de trabajo para nuestros futuros hijos (porque tampoco no sé quien dijo una vez que: «los niños deberían ser el futuro de la humanidad»), así que seguro que seguiremos adelante sobreviviendo a esta batalla tan cruel que, desde un inicio, sabíamos ya que estaba perdida.




©Xavier Turell Nebot

Derechos reservados por el autor.



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