Gente corriente
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Amenudo se trata tan sólo de una sensación. De un sentido que permanece arraigado en nosotros sin que apenas nos demos cuenta y que se agudiza a medida que te alejas de él, algo parecido a cuando un perro percibe el momento en que su dueño va a abandonarle desconociendo si algún día volverá a verle; en definitiva, no es otra cosa que un constante palpitar que nos hace reflexionar sobre la vida y sobre cómo la vivimos. Pero Linda todavía no era consciente de ello. Ella había nacido en Barcelona, en una ciudad cosmopolita, llena de colores, de aromas propios… Se había casado con un joven arquitecto que amaba la soledad y, como ella tampoco era demasiado sociable, su enlace fue todo un éxito. También solían quedar algunas veces con un par de amigos suyos para cenar, ir al cine o compartir algún tipo de conversación interesante, pero su relación con los demás se limitaba solamente a eso.

Diez años después de su boda ofrecieron a su marido la posibilidad de ir a trabajar a Suiza. Desconocemos los motivos que les empujaron a aceptar la propuesta, pero dos meses después cogían a sus dos hijos pequeños y se trasladaban allí con la ilusión de poder llevar una vida mejor. Y así fue, pues ella encontró trabajo en un hotel y él comenzó a trabajar en varios proyectos que le aportaron un buen sueldo. Pero cuando ya llevaban allí uno días, notaron un extraño vacío que les fue devorando lentamente. Al principio creyeron que echaban en falta a sus amigos de Barcelona, pero éstos fueron a verles durante todo un fin de semana y continuaron sintiendo ese extraño malestar en lo más profundo de sus entrañas. ¿Qué les estaba sucediendo? Pensaron que quizás se trataba del clima que hacía allí, pues era bien distinto de las altas temperaturas y de los días soleados a los que ellos estaban habituados. Hasta que una noche, mientras cenaban, mantuvieron la siguiente conversación:

—¿Te acuerdas de Júlia, la chica que trabajaba en la tienda de helados?

Su marido intentó recordarla.

—Solía decir que todos los días se comía más de cinco helados porque eran muy nutritivos.

Ambos sonrieron, silenciaron sus palabras y observaron la penumbra que había al fondo de la habitación.

—Yo me acuerdo de David —dijo él—, el quiosquero. Solía estar siempre enfadado con todo el mundo, pero en el fondo era buena persona.

—¿Y de Elena, la chica del bar? Siempre tenía la manía de servirnos la cerveza caliente. Además, ¡solía discutir con su marido y se les oía gritar desde la barra!

—Yo me acuerdo de Robert, el bibliotecario —dijo—: silencioso, pausado… Solíamos reírnos de su forma de andar, pero era capaz de encontrar cualquier libro que le pedíamos.

—El charcutero del barrio no parecía mala persona —dijo ella—, ni la joven dependienta de la tienda de congelados. Incluso, sin conocerle de nada tengo buenos recuerdos de nuestro cartero, que nos entregaba todos los días las cartas con una inmensa sonrisa en sus labios.

Y allí, en ese preciso instante, descubrieron que nuestra relación con la sociedad no se limita a nuestros seres más queridos o a nuestros amigos más preciados, sino también a aquellos que se cruzan con nosotros todos los días y con los que apenas mantenemos una simple conversación. Entonces comprendieron que en Suiza podían haber encontrado un nuevo trabajo y haber conservado sus antiguas amistades, pero que habían perdido el vínculo que les unía al lugar en el que vivían. Y de la misma forma que sus hijos se veían obligados a crear nuevas amistades en el colegio, ellos tendrían que formar un nuevo ambiente a su alrededor. Así, poco a poco, fueron conociendo al nuevo panadero, a la nueva dependienta de la tienda de congelados, a la cartera de aquel barrio, a la vecina quisquillosa, al taxista quejica o al tipo antipático que vivía dos calles más abajo… Y, aunque apenas nunca se dirigían la palabra, todos ellos formaron un lugar en sus vidas a partir de entonces. No deja de ser curioso que tuvieran que irse a Suiza para descubrir todo aquello. Abrieron sus corazones y, de este modo, el solitario matrimonio se volvió mucho más sociable con el tiempo. Qué le vamos a hacer, la vida no deja de sorprendernos…




©Xavier Turell Nebot

Derechos reservados por el autor.



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