Aquellos valientes
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Hace calor, y la calor nos agota. Ya es bonito pensar que estamos en verano y que pronto llegarán las merecidas vacaciones. Ya está bien eso de tomar un respiro y poder descansar del duro esfuerzo realizado durante todo el año. Pero el calor, la continua sofocación prolongada que nos persigue estos últimos días, se ha convertido en una injusta penitencia. Hay tanto ahogo en las calles que cuando abren El Corte Inglés por la mañana es como si fuera el primer día de rebajas: gente allí agolpada, empujándose los unos a los otros para poder entrar los primeros, para tomar el mejor puesto cerca del aire acondicionado… ¿En qué nos hemos convertido? ¡Hay gente que ha muerto al entrar en ese centro comercial, de verdad! ¡Gente que no ha superado la primera cortina de aire y el contraste térmico les ha congelado el corazón! A veces, ha sucedido lo mismo que cuando cae un ciclista en las carreras de bicicletas, que se produce un efecto en cadena y comienzan a caer todos a la vez, uno encima del otro. ¡Que han tenido que venir los bomberos a desatascar las puertas de entrada para que la gente pudiera entrar a tomar el aire! Allí, todos apiñados como posesos… Y es que el calor nos vuelve idiotas. El otro día, un señor se quejaba a la cajera de un supermercado porque, según él, los huevos frescos que había comprado el día anterior estaban duros debido al calor. ¡Tuvieron que arrastrarle a la estantería y enseñarle que los huevos que había comprado aquel hombre se vendían ya cocidos! Queramos o no, el calor derrite nuestras neuronas y nos afecta. ¿No habéis visto esa gente que coge un huevo, rompe la cáscara, y lo esparce en medio de la carretera para comprobar si se fríe con el calor? ¡Hay que ser idiota! ¡Si no te lo vas a comer! Ah, claro… lo hacen en una sartén… Si los que viven en Etiopía vieran las gilipolleces que hacemos en otros países… Pero no; todo esto, es debido al calor: que nos aturulla, que ofusca nuestro pensar, que nos marchita, que nos desflora sin que nos demos cuenta y persiste como un sádico, un obseso, o un asesino en serie al ir repitiendo el mismo ciclo todos los días. ¡Deberían darnos un premio a los que sobrevivimos! Tantos consejos de nuestros ayuntamientos para soportar las altas temperaturas, y cuando llega el otoño ya nadie se acuerda de nosotros. Deberían darnos una medalla, una copa al mérito; algo por estar vivos y poder seguir pagando el recibo de la luz, del gas, de la contribución, las basuras, el teléfono, la comunidad de vecinos… ¡Que la mayoría no tendremos para comprar los libros del próximo curso para nuestros hijos! Pero no, no nos dan ni las gracias. Por eso, quiero reivindicar la valentía de todos aquellos que sin la ayuda de nadie superamos esta dura situación año tras año. Los mismos que, cuando llegue el invierno, no pararemos de quejarnos del terrible frío que hace. ¡Buf! Menuda ironía…



©Xavier Turell Nebot

Derechos reservados por el autor.


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