A mitad del trayecto
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Desconozco cómo sucedió, pero el otro día tuve ganas de ver una película a través de un canal de televisión; algo que hoy en día parece ya anticuado. Dejé a un lado la comodidad del DVD y del Blu-ray, y reviví por unos instantes aquellas pautas televisivas que tanto interrumpían nuestras ilusiones. Momentos que solíamos aprovechar para deambular por el comedor de nuestra casa, hablar un poco con nuestra pareja o beber un simple vaso de agua. En mi caso, la película comenzó con retraso; y cinco minutos después pusieron los primeros anuncios. Estaba dispuesto a mostrarles que tendría paciencia y aguardé diez minutos. La película volvió a proyectarse en la pantalla del televisor y, media hora después, volvieron a poner diez minutos más de publicidad. El molesto incidente se repitió cada veinticinco minutos, y no resultó difícil calcular que si la película duraba noventa y cinco minutos, yo terminaría viéndola en ciento noventa. Entonces, mientras se hacía una nueva pausa, me pregunté cuánta gente debía morir mientras ponían los anuncios, ¿cuántas personas perderían la vida en mitad de un programa de televisión, leyendo un libro, o viendo plácidamente una película? Y eso me hizo poner de mal humor. Porque si mueres, debería ser una vez hubieras terminado lo que estás haciendo; bastante desagradable resulta ya morirse, como para hacerlo de ese modo tan poco ortodoxo… No, no es justo que en la mitad de una novela que te tiene atrapado desde el primer instante te dé un ataque al corazón y dejes de saber cuál es su final. Ni que te encuentres escribiendo tus memorias y te quedes a medias, o salgas un mes de vacaciones y sólo las disfrutes una semana. No, no es justo. La película había vuelto a empezar. Me tumbé en el sofá atraído por la trama de su argumento pero, veinte minutos después, volvieron a hacer anuncios y mi paciencia se sucumbió al desespero. Enfadado, lancé el mando a distancia contra la pared, me levanté, y volví a pensar que todo aquello no había sido una buena idea. Miré el reloj, era más de medianoche y al día siguiente tenía que ir a trabajar. Así que apagué el televisor soltando una maldición y me fui a dormir sin poder ver el final. No tuve más remedio que aceptar que no todas las cosas suceden cómo uno quiere; llega un punto, en que la vida también se cansa de nosotros, y, entonces, nos apaga para siempre.



©Xavier Turell Nebot

Derechos reservados por el autor.


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