Blog de apuntes

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la otra familia
LA OTRA FAMILIA:
Nos encontramos sin apenas darnos cuenta, cruzando nuestras miradas con indiferencia como si no nos conociéramos de nada; pero sabemos que eso no es del todo cierto. Cada día, al despertar, mientras nos vestimos adormecidos y desayunamos, vamos notando su presencia. Luego, al salir a la calle, es como si siempre hubieran formado parte de aquel sutil paisaje. Son personas sencillas, educadas, que van de camino al trabajo y que con el tiempo han llegado a formar parte de uno mismo: la muchacha de cabellos oscuros que siempre muestra su sonrisa al pasar, el señor que luce con orgullo su sombrero Borsalino mientras espera en Madison Street la llegada de su esposa, aquella mujer que arrastra los pies al andar como si llevara un gran peso sobre su espalda; el chico de los periódicos, la pareja que hace footing... Entre nosotros, nunca nos hemos llegado a saludar ni hemos mantenido ningún tipo de conversación, pero cuando alguno falla a su cita, no podemos evitar sentir un vacío y preguntarnos qué habrá sido de él o de ella. Estos días de fiestas, voy a trabajar, y no puedo evitar sentir cierta nostalgia por todos ellos. Me siento un extraño al subir al tren o al andar por las calles, como si algo terrible tuviera que pasar. Hoy, Madison Street permanece abandonada y en estricto silencio, ha desaparecido el taconeo de la mujer al andar y echo en falta la mirada de aquella chica que me hacía sentir un poco más joven. Sé que mañana, cuando todo esto haya pasado, volveréis a vuestra habitual rutina de la misma forma que sé que mientras hoy estéis en vuestras casas descansando, alguno de vosotros pensaréis: ¿Qué estará haciendo aquel chico del gorro blanco que lleva todas las mañanas las manos llenas de harina? ¿Abrirá también hoy la panadería? Y es que llevamos tanto tiempo viéndonos de reojo que, con el tiempo, hemos formado una nueva familia.

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Una piedra en el zapato
UNA PIEDRA EN EL ZAPATO:
Julia, entiendo que hace más de cinco años que mantenemos una relación sin que mi mujer se haya enterado. Entiendo que quieras que le diga que te quiero, y que quiero el divorcio para poder casarme contigo; pero tomar la iniciativa es difícil para alguien como yo. Por eso tuve la brillante idea de traerla al bosque y presentártela apartada del resto de la sociedad, por si las cosa se ponía fea y las dos os poníais a chillar. Pero hija, ¡es que no me has dado tiempo a nada! ¿Seguro que la policía no podrá rastrear de dónde procede la flecha que atraviesa su corazón?

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Llegada la noche
LLEGADA LA NOCHE:
Llega el anochecer, un momento donde la soledad es necesaria y la reflexión nos inunda. Lentamente, nos vamos despojando de nuestros miedos y aquellos pedazos de incertidumbre que se han ido acumulando sobre nuestra piel van deslizándose lentamente. Quietud, aunque sólo sea un breve instante; y paz, aunque el mundo gire en medio de una profunda agitación. Y en medio del vacío encuentro aquello que durante el día no reconocí y lo abrazo con fuerza, le doy las gracias por seguir estando ahí y le digo que le quiero, que lo amo, y que le echo mucho en falta. Ahí, sin duda, está mi propio yo, mi persona, todo cuanto soy sin máscara alguna, y me sumerjo en lo más profundo de mi ser. Mañana empieza un nuevo día y, tras ocultarme detrás de una inútil fachada, desearé que llegue la noche para encontrarme una vez más. No soy el único, en el fondo, todos andamos muy perdidos...

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recuerdo
UN MAL RECUERDO:
Quizá los recuerdos sean el reflejo de algo lejano que algún día sucedió. Quizá sólo sean una palabra que resiste a su olvido despertando una y otra vez alguna emoción, o, quizá son sombras que se niegan a soltar su esencia, convirtiéndolas en una carga difícil de llevar. Pues los recuerdos tienden a la mirada perdida hacia atrás, al lamento de lo que algún día fue y dejó de ser sin poderlo evitar: el primer beso, la primera cena en el Hastson, el primer "te quiero"... Todavía recuerdo todo eso y algo más. Recuerdo que íbamos a casarnos, a formar una familia, que todo estaba a nuestro favor y que las ganas de seguir adelante acaparaban todo nuestro ser. Recuerdo que subimos al coche aquella tarde mientras seguíamos hablando, sonriendo, escuchando aquella música de fondo que tanto nos gustaba. Recuerdo que te acercaste y que nos besamos, seguramente nuestro beso debió reflejarse en aquel redondo y viejo retrovisor, y, luego: el más absoluto silencio.

El coche debió salir de la carretera y terminamos ahogándonos en el mar. No recuerdo nada más. No, espera, ¡miento! Recuerdo que unos minutos antes te dije que tanto amor sólo podría traernos alguna que otra tragedia.


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vela
UNA VELA POR MI:
Tenemos la costumbre de encender velas cuando queremos iluminar la oscuridad, cuando uno se siente perdido o cuando un amigo con el que hemos compartido largas horas se nos ha ido. Solemos encenderlas cuando un suceso especial envuelve nuestras vidas, como si la luz que libera la ardiente llama pudiera de algún modo ayudarnos a recordar con más facilidad aquel momento; solemos encenderlas al cumplir años o al celebrar una fecha señalada. Tantas son las ocasiones donde solemos hacer uso de ellas, que cuando al entrar en una estancia huelo el aroma de la cera se me hace difícil discernir si allí se celebra una fiesta o un funeral, pues la vela, siendo la misma, puede simbolizar una realidad del todo diferente. Es entonces cuando mis pensamientos se detienen a la espera de una señal que decline mi razón, que la ponga en el rumbo acertado, pues el error de una mala interpretación podría dejarme en evidencia. La luz es como la lluvia, que a unos les agrada y a otros les vence por su humedad, y depende de cómo tengas el día y de tu forma de pensar para que despierte en ti una sonrisa o debilite tu mirada con un par de lágrimas. Sea como sea, la lluvia seguirá siendo lluvia y les velas seguirán siendo una forma de expresión para los más profundos pensamientos del alma; un alma, que siempre dependerá de nosotros.

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rencor
RENCOR:
—Richard, cariño, ¡no me digas que por fin sales con alguien!
—Bueno...
—¡Es una chica guapísima! ¡No sabes cuánto me alegro de verte de este modo! Sé lo difícil que debe resultar encontrar pareja en tu actual estado. Dios, déjame ver... ¡Formáis una estupenda pareja! Además, ¿cómo no se van a enamorar de ti con lo guapo que estás? Esa gorra a cuadros que hace conjunto con tu traje, esa encantadora sonrisa, ese rostro juvenil bien afeitado... ¡No te puedes imaginar lo feliz que estoy que hayas venido a mi fiesta! La última vez que te vi con una mujer fue con esa tal Julia... Por Dios, ¡nada que ver! Bien, si me disculpas, tengo que atender al resto de invitados.
—Claro —dice él ante la perplejidad de su enamorada.
—Por cierto, dile a tu esposa que se pase un día por casa a merendar, ¡tengo tantas cosas que contarle...!
Fin de la conversación.


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La máscara
LA MÁSCARA:
Para, detente un instante. ¿De verdad crees que me vas a engañar? Llevas toda la semana así, disfrazado con tu absurdo vestido de gala con el único fin de impresionar, con una enorme etiqueta sobre tu cuello que dice quién eres, pero no cómo te sientes. ¿De verdad tu propósito era llegar hasta aquí? ¿Terminar limpiando un viejo almacén? ¿Trabajar durante horas en un sucio despacho atestado de documentos? ¿Vender palomitas de maíz en la triste entrada de un cine funesto? Yo creo que no, pienso, sinceramente, que tuviste miedo de ser distinto a los demás y que eso te asustó. Así que hiciste lo mismo que todo el mundo: estudiaste como un loco y te pusiste a trabajar. Te conformaste, sin más, en ganar dinero para poder seguir el camino de muchos, y centraste todas tus aspiraciones únicamente en la familia. Ya sé lo que me vas a decir: «¿Acaso eso te parece poco?». Pues no, en tu situación me parece una auténtica odisea. Pero, por favor, cálmate, no confundas mi forma de hablar con el de un profesor grosero y maleducado que sólo sabe reñir a sus alumnos. No, no estoy aquí para dar lecciones. Aunque tengamos nuestras diferencias, yo respeto las tuyas. Pero observo con curiosidad cómo te alejas, sin darte cuenta, de tus propias intenciones. Así que, este viernes, cuando llegues a tu casa, guarda el traje de la empresa en un oscuro rincón del armario. No permitas que las discusiones con tu superior (no comprendo por qué le llamas así), te sigan atormentando. Relájate, deja de fingir y quítate la triste máscara que te resta identidad. Piensa que todo esto lo haces por tu familia, tu mujer, tus hijos; y que ellos no te han elegido a ti por tu dinero sino por lo que eres, no por lo que representas. Recuerda: este viernes, líbrate de las muletas, ríndete ante ellos y muéstrales quién hay dentro de ti.

Pronto llegará el lunes, y volverás a tener entre tus manos la dichosa máscara donde ocultas tu identidad; y tuya, será la decisión para volverla a usar.


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felicidad
FELICIDAD:
Cuentan que la felicidad la lleva uno dentro, que si uno no quiere encontrarla no lo hace y que, por muchos intentos que uno haga no la halla si no es sincero. Estas terribles dificultades son esa piedra en el zapato que a todos nosotros nos atormenta, pues queriendo obtener aquello que por norma ya es nuestro, no hay forma ni manera de lograrlo. De noche rezamos para olvidar el mal día que hemos tenido, con la esperanza de que al siguiente todo sea distinto, pero no, pues cuando llega la oscuridad sucumbimos a la tediosa rutina del insatisfecho, cuando vemos que nuestros sueños son sólo eso: sueños. ¿Dónde demonios estará dicha felicidad? ¡Dicen que la llevamos dentro! Cuando nos sucede algo bueno podemos acariciarla suavemente, nos da ese toque novedoso, ese sentimiento, esa razón de seguir luchando por nosotros que dura tan poco y que nos deja medio muertos. Trabajamos sin parar para que ésta aflore de una vez por todas, y aún intentándolo en vano permanece escondida, en un pequeño recoveco, acurrucada aquí dentro. ¡Sal fuera maldita! ¿Acaso no me perteneces? ¿Cómo puedes vivir dentro de mí y no agradecérmelo? A veces pienso que la ciencia no ha avanzado tanto como creía, pues de haberlo hecho podría ir al cirujano y decirle: «Oiga usted, opéreme. ¡Ábrame en canal y extírpeme la felicidad para que al menos yo la vea!».

Y entonces recuerdo cómo de joven ésta salía por inercia, sin batalla ni lucha y a todas horas. Y pienso que quizá quien se haya perdido por el camino no haya sido precisamente ella...


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Llegada la noche
EL JEFE:
Este fin de semana se nos ha hecho largo y no nos alegramos por ello. El lunes sabe a amargo, y una extraña sensación nos obliga a deambular en silencio por los pasillos de nuestra oficina. El trabajo será el de siempre, pero no los trabajadores; y entre miradas perdidas intentaremos sacar coraje de algún lugar remoto donde tal vez lo hubo. Hoy, más que andar deambulamos, más que hablar nos limitamos a encontrar palabras, y nos cuesta hallar el modo de recuperar todo lo perdido. Aparece el jefe, y ni el miedo que siempre nos transmite llega esta vez a intimidarnos. Aún así, nos da una charla sobre la vida y la muerte, sobre lo injusta que es a veces y nos incita a sacar fuerzas de donde sea para seguir con nuestro trabajo. Un silencio. Todavía más miradas. Y cuando se escabulle decidimos que la vida debe continuar. Y allí, encerrado en su oficina, tras aquella inyección de adrenalina, el hombre se derrumba en su butaca de jefe y llora en silencio por su hija.

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desenlace
ACEPTACIÓN:
La vida suele tambalear nuestros cimientos al mismo tiempo que los eleva. Nos empuja y nos arrebata la inercia, quitándonos aquello que un día nos encontramos para volvérnoslo a dar cuando menos lo esperamos. La vida, en definitiva, está loca, pues un día llueve y otro amanece soleado, como si permanecer en una constancia fuera algo impropio de ella. Y es que aquel que se acostumbra a la vida aprende a no hacer grandes planes, ya que el tiempo tiende a corroer las ideas y a la práctica nada es como uno querría sino como a ella le da la gana. ¡Qué cosas tiene la vida! Uno no la controla, no la domina, y cuando terminas aferrándote a ella tu mente se vuelve loca de remate, los pequeños problemas crecen en tu interior, te vuelves ciego al mundo, a ti mismo; y no hay nada más parecido al infierno que un hombre aferrado a la vida con la única intención de controlarla. Esta vida te pertenece, pero nunca será como la habrías imaginado si no te abres a los más terribles infortunios. Si nunca relajas tu mirada nunca veras con claridad el horizonte, y, si nunca confías y te dejas llevar por ella, la vida nunca será vida, quizá ya sea muerte.

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noche
LA NOCHE:
La fiesta había transcurrido tal y como ella había esperado. Su amiga Evans acababa de cumplir dieciocho años y había invitado a todos sus amigos y amigas a su casa, aprovechando que sus padres todavía seguían de viaje. Durante toda la velada la música retumbó en el comedor sin cesar y, por suerte, nadie alertó a la policía de todo aquel alboroto. La mayoría bebió más de la cuenta y algunas parejas aprovecharon las habitaciones vacías para encontrar algo más de intimidad. Eran las dos y media de la madrugada cuando Esther decidió que ya era hora de marcharse. Se despidió de sus amigos, dio las gracias a la anfitriona por invitarla y desapareció sin hacer demasiado ruido. Las calles estaban oscuras y sólo se oía el sonido tosco que producían los tacones de sus zapatos al andar. Tenía frío, se abrochó un par de botones de su jersey, cruzó ambos brazos y aceleró el paso con la intención de llegar antes a su destino. Fue al cruzar por Burton Road y justo cuando iba a entrar en Penford Street, cuando observó que alguien la seguía. Asustada, aceleró todavía más sus pasos; pero cuando aquel tipo la acorraló al final de la calle ya era demasiado tarde. Lo primero que se le ocurrió hacer fue darle un fuerte puñetazo pero pronto sintió como la agarraba por el brazo, la inmovilizaba y cubría sus labios para que no chillara. Tenía una fuerza descomunal y ella, tras comprender todo cuanto pasaba, bajó la guardia y se rindió; escasos segundos antes que él la besarla.

Les habían presentado unos días atrás y los dos se habían enamorado al instante. Fue un flechazo, ¿quién iba a decirle a ella que terminaría enamorándose del novio de su mejor amiga? ¿Cómo debían actuar en la fiesta de su cumpleaños? Para no levantar sospechas de su romance, Esther decidió irse de allí pasadas las dos y, unos minutos después, él la siguió. Habían quedado en un pequeño recoveco de la calle Penford, donde terminarían la noche entre besos y abrazos cargados de intensa pasión. Pero lo que ella no esperaba es que su amante fuera tan cauto y silencioso que no llegara a reconocerle, sospechando lo peor. Él, al no querer hacer ningún ruido, reaccionó abalanzándose sobre ella e impidió con brusquedad que chillara, y, ese acto, mereció el porrazo en la cara que ella le propinó. No fue difícil que ella se rindiera a sus pies tras conocer la identidad del personaje. Eso sí, el morado que le salió a su chico al día siguiente fue motivo de ruptura con la pobre Evans quien no le dirigió nunca más la palabra a su mejor amiga. Esther y Robert se casaron cinco años después, y, cada año, a las dos y media de la madrugada, se dirigen a la calle Penfrod y repiten la misma escena. Aunque esta vez ella no le golpea, y él no le da ningún susto de muerte.


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infancia
INFANCIA:
Son niños, lindos, atrevidos, con la mente abierta a infinitas probabilidades, con el coraje recorriendo su sangre y la ilusión de comerse un mundo entero cada día. Sus padres les dicen: «¡Salid, disfrutad de la vida!», y ellos se abalanzan sobre la tierra como si toda ella les perteneciera. Cogen a la vecina, una niña de seis años y la suben al coche del niño pequeño: «¡Venga, que daremos un paseito!» —le dicen—, y, de pronto, el otro niño da un fuerte empujón al vehículo, luego otro todavía más fuerte y coge carrerilla... Todos sabemos cómo termina esta historia, ¿verdad? El porrazo que se llevan es monumental, los padres salen corriendo tras ellos con las manos en la cabeza, algunas madres chillan desesperadas: «¡Los niños se han matado!», y la gente de la calle se echa a correr, a socorrer, a llamar a las autoridades y, los niños, tras unos minutos de aturdimiento, salen tan tranquilos como si no hubiera ocurrido nada. Y, ¡es que no les ha ocurrido nada! Menuda juventud, menudos críos, y qué sufrir cuando en el fondo son sólo eso: unos niños.

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caducidad
FECHA DE CADUCIDAD:
Llegó el catorce de febrero y el amor que ambos sentíamos dejó de funcionar. Fuimos a visitar a un viejo doctor, un célebre especialista en la materia, y confirmó todas nuestras sospechas.

—Vuestro amor ha caducado —dijo como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Pero, ¿cómo puede haber caducado? —dije ante mi asombro.
—Todo el mundo sabe que tarde o temprano el amor se termina —dijo— y el vuestro, ha caducado hoy.

Y haciendo un movimiento ascendente para luego dejar caer los hombros sin más, dio media vuelta, abrió la puerta de su consulta y nos invitó a salir.

—Pero, habrá algún remedio —dijo mi esposa sorprendida.
—Ninguno, no hay nada que hacer —respondió el médico cerrando los ojos.
—Alguna pastilla, una crema, ¡podríamos tomar vitaminas!
—Nada, es absurdo —repitió negando con la cabeza—, lo mejor es que os volváis a enamorar de otra persona y prosigáis vuestras vidas por caminos diferentes.
—¿Y si se nos vuelve a caducar otra vez?
—Tenéis que aceptar que la vida es así... —dijo el doctor mirando las baldosas del suelo.

Entonces se colocó tras de mí y, casi a empujones, nos echó de su consulta cerrando la puerta detrás nuestro.

Como suelen hacer las personas que siempre van al médico, no le hicimos ni puñetero caso. Y terminamos divorciados, con tres hijos que bailaban como pelotas de pingpong cada fin de semana de una casa a otra y ella, mi ex mujer, tomando psicofármacos debido a una terrible depresión; y, hasta que no encontramos una nueva media naranja en nuestras vidas, las cosas no fueron a mejor. Luego, como Dios puso fecha de caducidad a todas las cosas y fue tan gracioso de quitarles la etiqueta, nos conformamos con disfrutar de nuestras parejas hasta que éstas también caducaron y nos vimos obligados a empezar de nuevo la rueda. En fin, que tras una triste y larga cola de caducidad a nuestras espaldas, ha llegado el momento que a nuestros ochenta y cuatro años de edad caduquemos nosotros también. Y, de verdad, ¡nunca había tenido tantas ganas de que sucediera algo así!


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